Atzo, 2025eko otsailaren 12an, “Balmaseda Hiribildua” Kontakizun Laburren II. Lehiaketako sariak banatu ziren Balmasedako Enrique de Bedia liburutegian.
· Bigarren saria: “La Piedraconcha” Teresa Ibai
SECCIÓN LOCAL
por Mobi
Las horas que mueren aquí de continuo
el cielo las llora y el río las canta.
(León Felipe, Soneto a Valmaseda)
l.
La magia se hace luz en Balmaseda justo cuando sale el sol y, cruzando el paso simbólico del Puente Viejo, proyecta sus rayos sobre la fachada principal de la iglesia de San Severino. Antes ha bañado de chispas anaranjadas la cumbre del Kolitza, los ventanales del Skamata y los tejados más altos de la calle Correría. La plaza de San Juan también comienza a desperezarse lentamente con ese truco de luz color albaricoque que asciende, de Este a Oeste, desde el Klaret hacia el viejo moral que vigila al museo. Poco a poco. Muy poco a poco.
La biblioteca sigue en penumbra, sin embargo. Pero no será por falta de magia…
II.
Cuatro enormes mesas de madera rectangulares; y alrededor de cada una de ellas, seis sillas robustas y pesadas.
Cada mañana mi jornada laboral arranca poniendo en orden las veinticuatro sillas que, invariablemente, todas y cada una de las mañanas, me encuentro desperdigadas sin ningún criterio por toda la extensión de la biblioteca. Acercarlas a las correspondientes mesas y colocarlas, tres a un lado y tres al otro, flanqueando las mesas de lectura. Cada mañana nada más entrar a trabajar, sin falta.
Después subir al piso de arriba, apenas un pasillo circular que rodea la sala a una altura de varios metros y desde cuya barandilla se disfruta de una fantástica vista aérea de la sala de lectura; con sus seis mesas y sus veinticuatro sillas. Recolocar en las estanterías los libros que aparecen fuera de su sitio, cada mañana, y prestar un par de minutos de atención especial a la sección de fondo local que siempre me encuentro manga por hombro; muy frecuentemente, hasta tengo que recoger obras de consulta que están abiertas de cualquier manera sobre una mesa o, incluso, tiradas por el suelo. Qué desastre.
Antes de regresar al piso de abajo, por el rabillo del ojo, me llaman la atención dos sillas de la sala de lectura mal colocadas. Otra vez.
-¿En serio? ¿Otra vez? Ya os vale…
Y bajar refunfuñando hasta la sala de lectura para colocar esas sillas, al final son tres y no dos, que vuelven a estar fuera de su sitio.
Ésa es la rutina que define la primera media hora de mi trabajo en la biblioteca, cada mañana, todas las mañanas. El ratito en el que la biblioteca aún no está abierta al público y, en una penumbra silenciosa y somnolienta, me encargo de ponerlo todo a punto antes de que llegue la marabunta de abuelas con niñas prelectoras, opositores aburridos y jubilados ruidosos.
-Por favor, portaos bien ahora, ¿vale?
Y· correr a abrir la puerta mientras en la torre de la antigua iglesia de San Juan suenan las diez campanadas, la luz del sol inunda y blanquea ya la plaza entera y, en el interior de la biblioteca, algunas sombras especialmente traviesas corren a esconderse tras los atlas y bajo las mesas. Bajo las cuatro enormes mesas y entre las patas de sus veinticuatro sillas.
III.
Al principio todo parecía muy normal. Casi muy normal.
Las primeras mañanas, cuando empecé a trabajar en la biblioteca de la villa, no era muy consciente de lo que estaba pasando. Recuerdo que según entraba siempre me sorprendía, por ese orden: primero el silencio que era casi como una masa sólida que había que cortar para poder moverse y, después, la miríada de pequeños desórdenes que contradecían la serenidad general de la sala de lectura. Un par de libros colocados del revés, un periódico abierto sobre el mostrador, una contraventana mal cerrada y las sillas, sobre todo las sillas, siempre desperdigadas por la sala en anárquica quietud y sigilosa algarabía.
Resultaba sorprendente, sí, pero no especialmente extraño. Hasta que, una mañana cualquiera …
Una vez más, levantar las sillas de madera maciza y acercarlas hasta colocarlas, perfectamente pulcras, pegaditas a los bordes de las mesas. Una, dos, tres, doce, trece y veinticuatro. Recoger el periódico, abrir la contraventana para que entre la luz polvorienta del otoño y subir al piso de arriba a ver cómo han dejado la sección local. Protestar con desgana una vez más, brazos en jarra, reordenar todo lo desordenado y volver a bajar. Pero … Espera, no es posible… No puede ser. Yo juraría que había colocado bien todas las sillas antes de subir, ¿no? …entonces… Y bajar, y volver a arrimar contra las mesas tres o cuatro (o quizás seis) sillas rebeldes que no solo no estaban donde debían sino que, además, estaban donde les daba la gana. Entrar al archivo a por unos papeles y, al salir, una vez más… Lo dicho: donde les daba la gana.
Fue la primera vez que lo hicieron. Algo sí que empezaba a ser extraño.
Nada comparado, sin embargo, con aquella otra vez en la que, trajinando por la sala de lectura (recolocando sillas, muy probablemente), oí con claridad el sutil estruendo de un libro estampándose contra el suelo en el piso de arriba. Malditas corrientes de aire. Subí, coloqué el libro en cuestión en su lugar correspondiente y mientras bajaba con cuidado por las escaleras, las luces encendidas solo a medias y la biblioteca en silencio formal y riguroso… El plof sonó descomunal e intempestivo, como una palmada sobre la mesa en medio de una cena romántica; algo así. Subir de nuevo con el estómago en las rodillas y el corazón latiendo un poco a contrapié, mirar alrededor y sí, otra vez, el mismo libro allí tirado con todas sus hojas desperdigadas y la cubierta azul doblada en un ángulo un poco imposible. No puede ser no puede ser no puede ser. . . Pero era. Y quizás todo habría quedado en una anécdota un poco espeluznante si no fuera porque, ubicado de nuevo en el estante, perfectamente sostenido por sus dos libros acompañantes uno a cada lado, en ausencia total de corrientes de aire revoltosas y de lectores (visibles) juguetones, en cuanto volví a la sala de lectura el documento en cuestión se presentó de improviso frente al mostrador; no se materializó a partir de la nada, no: cayó. O mejor aún, y prepárate porque esto va a sonar muy raro, voló. Sí, sí, ya sé que los libros en circunstancias normales no vuelan, pero hete aquí que esté voló.
Y no era una novela de Stephen King ni una selección de relatos de fantasmas victorianos: era “Balmaseda. 100 ilustres personajes de su Historia hasta 1900”, de Julia Gómez Prieto. ¿Cómo te quedas?
IV.
Ahora que ya tengo conciencia y constancia de cómo son las cosas por aquí, de que “normal” es un adjetivo que en modo alguno puede atribuirse a esta biblioteca, todo está bien.
O casi bien.
Algunas mañanas el baile de sillas me resulta crispante y me enfado, y por momentos tengo que ponerme verdaderamente seria para que entiendan que no, que la sección de fondo local no les pertenece y que no es bonito andar dando pellizcos a las usuarias que suben a consultar algún dato sobre el tren de la Robla, o sobre las primeras procesiones de Semana Santa, o vete tú a saber sobre qué. No me gusta que me desordenen documentos, que jueguen con las contraventanas, que apaguen las luces de repente para asustar a los niños ni que me escondan las llaves a la hora de cenar. Pero se lo tolero porque a cambio me espantan a las moscas en verano, mantienen afilados los lápices (les encanta el sacapuntas, qué cosas… ) y alguna vez hasta han logrado hacer callar a los adolescentes estridentes de la mesa del fondo; collejas invisibles mediante, me temo, pero no me pienso quejar.
La biblioteca está encantada y, aunque nadie habla nunca de ello, todo el mundo lo sabe.
Alguna tarde de finales de invierno, cuando el sol está ya muy bajito y casi solo se deja intuir tras la espadaña del viejo convento, un último rayo remolón se cuela por una ventana de la biblioteca y, con su luz iridiscente y hechicera, hace casi (casi) posible que les veas. A ellos, a los fantasmas de la biblioteca. Casi. Son apenas unas siluetas semitransparentes, prácticamente un espejismo o un efecto óptico, como un polvillo animado que flota entre las mesas y te mira, muy fijamente, como pidiéndote que al fijarte en él lo hagas real. Pero no. Son solo segundos de magia inesperada y enseguida, de nuevo, desaparecen. La sombra del anochecer ya corre Avenida adelante y en la biblioteca todo vuelve a ser norm … Todo vuelve a estar bien.
Me gusta imaginar que en la noche cerrada, cuando el cielo ya está frío y estrellado sobre la villa, cuando la biblioteca está cerrada y silenciosa, pueden salir de su escondite de sombras y, de alguna manera que los vivos no entendemos, a su manera entrañable y peculiar, hacerse visibles y vivir.
Las ocho. Jueves tarde noche. Cierro ya, que me voy de pintxo-pote. Portaos bien, cuidad los libros nuevos que acaban de llegar y no me lo dejéis todo patas arriba,¿vale? Y, por favor, en serio, ¿os costaría mucho volver a colocar las sillas en su sitio después de utilizarlas? Gracias. ¡Pasadlo bien, y hasta mañana!
V.
-¡Voto a bríos! ¡Desenvainad presto, maese de la Puente, y velad junto a mi por el vino … esto, por el bien de esta muy noble y leal villa nuestra! ¡Arriba Oñacinos! ¡Abajo gamusinos! Hip…
-Sois cansino, Esteban; muy cansino. Dejadme ya en paz con vuestras chanzas, que hace ya un rato que dejaron de ser graciosas. Seréis un buen repentista, no lo pongo en duda, pero no sois en modo alguno un buen bebedor. Y no me digáis más “maese”, saco de nabos, que me honro en ser no menos que guerrero banderizo y …
Mientras agita airado el brazo y señala con su índice indignado a Don Esteban Severino de Cariaga y Villa, el afamado “poeta festivo e ingenioso” sentado al otro lado de la mesa, la armadura de García de la Puente chirría y castañetea como un gato histérico encerrado en una lata. Don Esteban por su parte, que bastante tiene con mantenerse erguido, hace gala de la rara habilidad de carcajearse en silencio.
-Aquí el único “maese” soy yo, que alboroté el reino con mis martinetes de gala, y como dicen los zagales de ahora, me forré a cuenta de tan venturoso invento, jejeje. No entiendo por qué no me invitan algún año a la patraña ésa del Mercado Medieval. Hip.
El txakolí también ha hecho mella en don Marcos de Zumalabe que, mano a mano con los dos Diego Vidal, el tío y el sobrino, pintores y clérigos distinguidos ambos (y esta noche se ve que mudos, también, pues apenas han hablado para esquivar las mofas de Esteban a cuenta de su característico ceceo sevillano) desata su vena artístico-ingeniera construyendo una torre de libros en el piso de arriba. En la sección local, para ser exactos. Martín de los Heros y las Bárcenas les observa desde lejos, los brazos cruzados y moviendo de lado a lado la cabeza, mientras piensa “-¿¡Y éstos son los ilustres personajes que han dado esplendor a la historia de la villa?! Manda narices, para lo que hemos quedado …” o, seguramente, algo parecido.
-No te ofusques, tocayo. Déjales que disfruten, que bastante desgracia tienen con estar encerrados de por vida (es una manera de hablar) en esta biblioteca. Piensa en Pedro de Terreros, aventurero y explorador insigne, acostumbrado al aire libérrimo de los océanos y al colorido glorioso de las tierras de ultramar, cómo de acogotado debe de sentirse aquí; o en nosotros mismos, en el amigo Pío Bermejillo y en mí, Martín Mendía, indianos, incombustibles filántropos, que hicimos que el mundo fuera una extensión o una periferia de nuestra querida Balmaseda. Y aquí nos vemos.
Y ambos resoplan, suspiran, y vuelven a mover la cabeza con aire resignado y ausente.
En la sala de lectura, las operarias de la antigua fábrica de boinas, dicharacheras y optimistas siempre, ya lo han dispuesto todo, como cada jueves, para la ronda habitual del juego de las sillas.
-Señor León Felipe, querido boticario, ¡qué bien que hoy haya venido a visitarnos! ¡Le hemos extrañado estas últimas noches! Hoy le va a tocar encargarse de la música que al maestro José, el de Azpiazu, le ha surgido un compromiso. Dapena, Rodet, déjense de charleta intelectual ¡y al lío!
Y así va avanzando la noche del jueves en la biblioteca de Balmaseda, mientras el txakolí de la villa y los pintxos de morcilla van alegrando el espíritu (nunca mejor dicho) de los presentes y algunos vecinos de la plaza de San Juan, según dicen, oyen muy a lo lejos, como apagados y fantasmagóricos, vagos ecos de música, de charlas, de risas, que suenan con una nostalgia dulce e infinita.
LA PIEDRACONCHA
por Teresa Ibaia
Corría el año 1486 cuando un trágico acontecimiento sucedió en la Villa de Balmaseda. Fue, como digo, en el mes de abril que algunos vecinos de la Villa, encabezados por el alcalde… Pero eso lo dejaré para luego, pues hay algo que antes debo contar:
Éranse dos chiquillos, Benjamín y Juan que se tropezaron una tarde que andaban refitoleando los dos, cada uno por su lado, en el regato que desde Zomoza baja al río Cadagua o Salcedón. Benjamín había ido regato arriba, desde la Pellejería y Juan había hecho lo contrario, bajando desde la casería de Zomoza, monte abajo.
-¿Quién eres tú? -preguntó Juan, decidido.
-Soy Benjamín, hijo de Samuel Medina -contestó Benjamín, con rotundidad-. ¿Y tú?
-Yo soy Juan, hijo de Pedro de Zornoza. ¿Qué andas por aquí? El regato es mío -dijo sin mucha convicción.
-Pues, yo a ti no te he visto nunca antes, y vengo por aquí todos los días. -Benjamín se puso a la defensiva.
-Y ¿para qué vienes aquí todos los días? -Quiso saber Juan con verdadero asombro. “Éste, con gorro en la cabeza, tiene pinta de ser de los curtidores, de Las Tenerías; además, tiene las manos sucias de tinte”, pensó Juan.
-Cazo renacuajos -mintió Benjamín-. ¡Mira cuántos hay aquí!
-¡Son sacamuelas! -exclamó Juan-. Hay un montón …
A la tarde siguiente, volvieron a encontrarse con auténtico regocijo, pues, cada cual por su lado, esperaba que el otro apareciese en el que era “su regato”. Y así, sencillamente, nació una bonita amistad.
Cuando ya habían pasado unos días de pasarlo bien juntos, Benjamín le confesó a su amigo que tenía escondido un tesoro en un sitio secreto. A Juan se le agrandaron los ojos, ¡un tesoro! Tras un “Sígueme” de Benjamín, los dos se encaminaron regato abajo, hasta que dieron con el camino que llevaba a las huelias, parrales y la Pellejería. Pasaron por entre senderos y llegaron a una gran viña, seguida de una campa donde había cueros al sol. Una vez que Juan sació su curiosidad acerca de aquellos “pellejos” -los llamó él-, “cueros” -le corrigió Benjamín-, éste le apremió para pasar al tema que les ocupaba.
En toda esa campa sólo había un árbol, un roble centenario que se asomaba a un camino, el de la Pellejería, por donde desfilaban los judíos curtidores cargados de cueros, entre ellos Benjamín.
-Ven, Juan, vamos a resquilar al árbol -le animó Benjamín-. Éste es mi Arbol Amigo. Aquí tengo mi caseta. Ya verás.
Juan se quedó prendado de aquel tronco que tenía más ruedo que la era. Pero su asombro fue a más cuando subió al árbol y descubrió que, de verdad, aquello era como una cabaña: quimas muy gordas, y menos gordas; unas nacían del tronco, otras de otras quimas; unas se cruzaban y otras no y entre todas formaban una cómoda estancia natural, oculta a la vista y perfecta para guardar tesoros. Benjamín reía feliz al ver la cara de sorpresa de su amigo y se moría de ganas por enseñarle su tesoro. De un agujero que había en una rama sacó una bolsita de cuero y mostró su contenido a un impaciente Juan.
-¡Son piedras! -exclamó Juan, totalmente decepcionado. Él esperaba un tesoro auténtico de monedas de oro, perlas, piedras brillantes… pero eran sólo piedras, dos.
-No, Juan -replicó Benjamín-. Son conchas.
Dio vuelta a las piedras, del tamaño de un huevo, y efectivamente, ¡eran conchas!
-Son piedrasconcha. Mira, Juan, piedras por aquí y conchas por el otro lado, conchas del mar. Las encontré un día en el regato. Voy alli a buscar más. El otro día no te dije toda la verdad porque no te conocía -se sinceró Benjamín.
Juan se sentía un poco perdido, pues aquello era un tesoro, pero no lo era, y no acababa de entender las explicaciones de su amigo. Benjamín, por su parte, continuaba con su exposición e intentaba hacerle comprender que aquello era algo grande, muy grande.
-Es un misterio … -Oyó a su amigo.
Benjamín poseía el don de la palabra. ¡A él le salían tan fácil! Las decía de tal modo que hasta lo más nimio resultaba extraordinario. Para cuando terminó de contar su historia, por la cabecita de Juan ya había desfilado un regato que se perdía en una cueva; piedras bajo el agua que brillaban como el oro y un mar que lo cubría todo. ¡Un misterio!
El regato de Zomoza es corgo y tiene que salvar un buen desnivel antes de desembocar en el Cadagua. Discurre monte abajo por entre castaños, hayas, robles y avellanos. En algunos tramos, la cayuela hace quiebros y el agua salta en cascada, para, después, deslizarse cristalina entre piedras. Ya casi en su final, están Las Tenerías, o la curtiduría, donde el padre de Benjamín, sus hermanos y bastantes más judíos trabajaban las pieles hasta convertirlas en cueros. Los judíos llevaban décadas ocupándose de esa industria, la de transformar los pellejos en cuero, proceso largo y laborioso. Entre el hedor que desprendían las pieles, más la necesidad de agua abundante, el lugar idóneo para semejantes labores eran Las Tenerías, donde el regato de Zomoza baja un poco encabritado y fluye rápido hacia el río Cadagua. Agua y más agua; agua para encalar y desencalar; para curtir y teñir, agua oscura, espesa y mal oliente que era lo que finalmente acababa en el Salcedón.
La siguiente tarde, Juan llegó primero. Estaba triste, sentado en una cayuela del Pozo de Los Frailes, incordiaba con un palo a los pobres “sacamuelas” que por allí deambulaban.
-Hola Juan. Has pillado muchos. -Juan volvió ligeramente la cabeza para lanzar a su amigo una mirada mustia. Y siguió, como distraído, mareando a los pobres animalillos. Nada tenía que ver el Juan de la cayuela con el que regresaba a Zornoza el día anterior. Y Benjamín lo notó.
-Martín se ha reído de mí -balbuceó. Sonaba quejumbroso y Benjamín no estaba seguro de si un poco de aquella queja no iba dirigida a él.
-Le dije que tú tienes una piedra que es concha del mar pero que la has encontrado en el regato. Me llamó mentiroso, dijo que tú inventas cosas y que yo me lo creo todo porque soy un tontolaba y me dio un empujón todo rabioso. -Tenía los ojos vidriosos. Se sentaron los dos, uno junto al otro, observando el incesante ir y venir de los renacuajos.
-Porque soy más pequeño -se lamentó Juan-. Por eso se mete conmigo y no me deja llegar el primero para ayudar a padre con los aparejos de la mula …
Benjamín sintió la pena y compadeció a su amigo. Con sus hermanos no era así. También él era el más pequeño, pero le escuchaban y le querían y nunca se reían de él. Acercó su mano ruda y oscura a la también ruda y clara de Juan. Se parecían en edad y estatura, niños y pequeños, pero por lo demás, eran muy diferentes: el uno moreno, de ojos negros y el otro, rubio, de ojos… ¡tan azules!
-Vamos, Juan, ahí abajo, seguro que hay piedrasconcha. Es por donde yo anduve. Vamos a buscar más. ¿No quieres? -Sí, claro que Juan quería, lo estaba deseando, ¡se lo pasaban tan bien juntos!
Mientras entre estos dos se iba tejiendo una genuina amistad, la relación que judíos y cristianos mantenían en la Villa se enrarecía. Los últimos negaban el saludo a sus vecinos judíos y, en su lugar, desviaban la vista, evasiva.
Un día de abril del año 1486, de madrugada, fuertes golpes en la puerta acompañados de voces e insultos, despertaron a la familia de Samuel Medina. Lo tan temido estaba sucediendo: los cristianos les desterraban de la Villa, a ellos y a toda la comunidad. Pero, aún fue peor cuando vieron que Benjamín no estaba en casa. Jacob, el mayor, gritó a su padre: -¡El Árbol Amigo, padre!
Samuel, como pudo, salvó el alboroto y agitación que imperaba en la calle. Corrió como nunca hasta Las Tenerías. No estaba claro si lo que le impulsaba era más la angustia de encontrar a su hijo o la rabia por las consecuencias que su huída había acarreado: la ausencia de Benjamín les había costado lo único de valor que podían llevar consigo, las monedas ahorradas, el precio que la codicia de sus agresores puso al rescate de su hijo.
Al llegar a Las Tenerías, el corazón se le encogió de golpe. Todo estaba allí, como siempre, como si nada estuviera ocurriendo: los pozos, los noques, las cubetas, la sal, los pigmentos…Una aguda punzada, dentro, le anunció que todo aquello había terminado. No se paró a pensar, pero un vacío repentino se adueñó de sus entrañas.
Siguió Tenerías arriba y giró a la izquierda para coger el camino de la Pellejería. Allá arriba, al final del camino, vio la figura acurrucada de Benjamín, sentado en la losa de piedra que remataba las escaleras, pequeño, frágil, tembloroso. Unos segundos antes lo habría matado y, ahora, tenía que reprimir el deseo de abrazarlo. El niño lloraba desconsolado.
-Vamos, hijo -le dijo pausadamente-. Tu madre y hermanos nos esperan para partir. -El niño levantó la cabeza-. Perdóneme, padre. He hecho mal escapando, pero no quiero marchar. – reconoció el niño entre sollozos.
Samuel se volvió de cara a la Villa con intención de regresar cuanto antes a la Calle Vieja, a su casa, pero, muy al contrario, se quedó quieto y recorrió con la vista, por última vez, el que fue su pueblo: al frente, en la cresta del cerro, el Castillo, donde nacía la Muralla que abrazaba la Villa entera: al Oeste, las puertas para salir a Carranza y Castilla; al Norte, la Iglesia de San Severin; dentro, las casas torre, cubículos de piedra que destacaban dispersas por todo el pueblo.
El ánimo le abandonó al pasar la mirada por la Puente y la Iglesia de San Juan. Se detuvo en su casa, en todas las casas de la Calle Vieja, donde todo empezaba y terminaba, en la Judería. Allí, se recogía la identidad del pueblo elegido para guardar los preceptos divinos.
El roce de la mano de su hijo en la suya le sacó del ensimismamiento. Padre … -susurró el niño-. Sí, hijo, vamos. -En la otra mano, Benjamín apretaba algo, fuerte, fuerte.
Aquella misma mañana, Martín y Juan andaban limpiando las cochiqueras. Martín, resentido por la amistad de su hermano con aquel judío, aprovechó la ocasión para desquitarse.
-Ya sabes lo de tu amigo, ¿no? -inquirió Martín. Juan le miró temeroso.
-Le han echado de la Villa -continuó -. Han echado a todos esos judíos, esta madrugada-.
Ya no había quién le parara en su relato de los hechos, estaba disfrutando-. Son como demonios …
-¡No, no; mentiroso, eres un mentiroso! -Juan gritaba y se tapaba los oídos con las manos. Tiró el rastrillo al suelo y echó a correr camino abajo, atravesó el regato, saltó paredes, pasó por huertas y viñas… hasta que llegó a la Pellejería.
Se paró exhausto, con la respiración agitada, sólo veía campas vacías, sin gentes ni cueros. Poco a poco fue acercándose hasta el Árbol Amigo. Se asomó al camino de la Pellejería: nadie e igual en Las Tenerías. Trepó al árbol, a lo mejor desde allí. ..Nada, ni rastro. ¿Sería verdad lo que contaba su hermano? Estaba como mareado. Se acordó del tesoro. La bolsa de cuero estaba en el hueco de la rama; dentro, había una sola piedraconcha, sólo una. ¡Benjamín había estado allí y había dividido su tesoro entre los dos! A la alegría del primer momento, le golpeó la soledad que reinaba en el lugar y comprendió que aquel gesto de su compañero era una despedida, para siempre. En la caseta del Árbol Amigo, se acurrucó Juan a llorar la pérdida de su único amigo, al que no entendía por qué habían echado “si no era judío”, -pensaba él-.
Y aquí se pone fin al relato novelado de la expulsión de los judíos de la Villa de Balmaseda, o, para ser más justos, a la expulsión de los “balmasedanos” judíos por los “balmasedanos” cristianos.